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Las Clases De Pintura (Capítulo 1)

El día de hoy les presento el primer capítulo de una novela que empecé a escribir hace muchos años pero nunca publiqué, la iré entregando por capítulos, esperando recibir sus comentarios y críticas.


Cuando entré al departamento que años atrás fue el escenario de los hechos, pude comenzar a reconstruir todo lo ocurrido. Muchos dicen que cuando uno regresa al lugar donde aconteció cierto suceso, puede recordar todo con lujo de detalles, sin importar cuánto tiempo haya pasado. Eso es lo que me ha ocurrido desde la semana pasada en que decidí instalarme aquí. Es cierto que algunas cosas de las que voy a contar nunca las vi, pero ahora las imagino como si las hubiera visto de cerca.
Él era un pintor exitoso a pesar de su juventud. Juan del Monte era su nombre. Desde niño la pintura fue su gran pasión, en cierta ocasión me contó que una vez a los ocho años había pintado un autorretrato, “una obra preciosa”, me decía feliz mientras tomábamos café, justo al frente de donde ahora estoy escribiendo estas líneas. En esa oportunidad su madre lo castigó, pues la bendita obra había sido realizada sobre la pared de la sala.
Yo lo conocí apenas un año antes de “los acontecimientos”, cuando me inscribí en un curso de pintura que él dictaba en la Escuela de Artes. Mi objetivo era llenar el hueco de tres meses que me quedaba entre el primer y segundo taller de teatro, pues en esos tiempos soñaba con ser actor. Pero a pesar que la pintura nunca me había llamado mucho la atención, emprendí la tarea con pasión. “Todas las artes nacen de la pasión, por tanto todos los apasionados admiran todas las artes”, nos había dicho una vez el profesor de teatro del primer curso. Esa frase no la había olvidado, es más, hasta ahora no la olvido (por eso es que la he escrito). Fue por esa frase entonces, como les decía, que decidí apuntarme en el curso de pintura, el cual duraría diez  semanas.

Al cabo de las diez semanas, no sólo me había convertido en un apasionado de la pintura sino que la amaba más que al propio teatro. Es cierto que algunas veces a las personas se les quedan grabadas las primeras impresiones de una experiencia, y era consciente que en ese gusto (amor, pasión) repentino por la pintura influía, por ejemplo, la linda chica que todas las clases se sentaba a mi derecha. Ella, como yo, disfrutaba al máximo cada clase maestra de Juan. Yo no podía dejar de mirarla, así como ella no podía dejar de mirarlo a él. Algunas veces, cuando ella me sorprendía mirándola, me regalaba una sonrisa, que se parecía mucho a esas sonrisas que las mujeres bellas esbozan al levantarse por la mañana en las películas. Creo que a partir de su primera sonrisa es que yo me animé a escribir unos versos por primera vez, pues nunca había tenido tan cerca de mí a una chica tan bella. Ahora se me viene a la memoria algunos de los versos que le escribí, y los recuerdo porque en esos tiempos los recitaba de memoria por las noches:
Tu rostro no expresa
ni tristeza ni alegría,
tu rostro es
un estado de ánimo inconforme:
como la primavera que busca el verano
como el otoño que busca el invierno.
Recuerdo que en la segunda semana del curso, ella y yo ya nos habíamos hecho amigos. Después de las clases nos quedábamos hablando de nuestros proyectos, y de lo bello que era el arte, y de lo incomprendidos que somos los artistas, y... de quién sabe cuántas cosas más. El caso es que yo me quedaba embobado mirándola y no me importaba el tiempo, cualquier tema era bueno para hablar con ella. Todos los que pasaban siempre nos quedaban mirando, pero nadie se atrevía a invadir nuestro espacio.
A la par de estas conversaciones, yo también había desarrollado una amistad, muy vaga aún, con Juan del Monte. Él era un gran maestro a pesar de su juventud, como ya les había dicho. Contaba con apenas veintiocho años y ya había expuesto sus obras en reconocidas galerías, no sólo de esta ciudad sino también de Francia y España.
Con respecto al taller de pintura, éste se desarrolló con cierta normalidad: yo enamorándome de ella y disfrutando al máximo cada clase. Pero todo iba a tomar un giro importante, aunque en ese momento no lo vi así, hacía el final del curso ya en la décima semana, cuando era momento de presentar y exponer nuestros trabajos finales.
Ya en el día de presentación, a auditorio lleno, pues el trabajo final incluía una breve sustentación oral, habían expuesto sus cuadros casi todos los compañeros. Fue cuando Juan me llamó por mi nombre y dijo frente a todos: “A ver, veamos lo que nos tienes preparado”.
Por: Juan Estuardo
(Escrito en agosto de 2001)
Pintura: "Huellas de Hierro II" por Vivian Calderón.

Puedes leer aquí el segundo capítulo.


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Poesía