Las Clases De Pintura (Capítulo 2)

 

Por: Juan Estuardo

La noche anterior no dormí hasta las tres de la mañana terminando la pintura que presentaría como trabajo final del curso. Quedé satisfecho, pero a pesar de ello dormí con sobresaltos. ¿Estaría nervioso? Probablemente sí. Nunca antes le había puesto tanta pasión a un proyecto, como le había comentado unos días antes a la linda chica. Es más, ni yo imaginaba el impacto que causaría en el auditorio.

Ya en la mañana, cambiado para ir a la Escuela de Artes, bajé al sótano de mi casa donde se encontraba el taller de trabajo, para recoger el cuadro y cubrirlo con papel. Fue en ese momento cuando reparé en lo bello de la pintura, que ahora se encontraba iluminada por la luz del día, que ingresaba en unos tímidos rayos de sol a través de las ventanas superiores de la habitación. Estas ventanas estaban a nivel del suelo de los jardines.

Llevé la pintura hasta el auto, la coloqué en el asiento trasero y así me dispuse a ir a la Escuela. Mientras conducía, sin saber por qué, pues esa ruta no me ofrecía ningún atajo, me desvié por el circuito de playas. ¿Sería tal vez para comparar la pintura con el paisaje que me daba el mar?

La pintura tenía como marco principal el mar, en la orilla caminando de la mano una mujer y un hombre. Ella, una mujer de vestido blanco, fantasmal, de esas que muchas veces aparece como protagonista de las películas de terror, cabello largo rubio casi blanco. Él, un hombre que se parecía a... no sé a quién se parecía, bueno, sí, tal vez un poco a mí. Y ella, ¿a quién se parecía? A la linda chica tal vez, mi buena amiga ya por esos días. Y en el horizonte iba muriendo un sol resplandeciente, con un detalle que trastocaba la realidad: aquél sol tenía forma de corazón. Y digo bien que el sol iba muriendo, porque aquí en el Pacífico el sol muere en el mar, a diferencia del Atlántico.

Mientras conducía, mis ojos iban del volante a la pintura (a través del espejo retrovisor), de la pintura al mar y del mar al volante. Trataba de dibujar mentalmente en el paisaje a los personajes de mi pintura, tomados de la mano, caminando en la orilla. En esos momentos me vino a la memoria el sueño que había tenido hace sólo unas horas: La rubia Mary Castelldefels (ése es su nombre, aún no se los había dicho) me tomó de la mano, la acercó a su rostro y, besándola, me dijo mirándome a los ojos: “Te amo. Te amo”. Justo en ese momento me había despertado por la mañana. Y en ese momento desperté también en el auto, mientras miraba el mar, distraído de la autopista. “Qué suerte que no hay muchos autos a estas horas de la mañana”, pensé. En este momento también estoy despertando aquí, en el departamento donde escribo esta historia, departamento donde vivió Juan Del Monte. Estoy mirando a la calle a través de la ventana y me parece que el tiempo no hubiese pasado, pero sí, no ha hecho más que pasar y poner más y más distancia de aquellos años.

Regresando a la historia, cuando llegué a la Escuela ya estaban presentando sus trabajos algunos compañeros. El Auditorio estaba casi lleno, más o menos unas cien personas, pues habían alumnos de otros talleres también dictados por Juan. Eso lo pude comprobar mirando por la ventana de la puerta antes de entrar. Al apoyar mi mano en la manija de la puerta, otra mano se posó sobre la mía, una mano muy suave, de uñas bien cuidadas, pintadas con esmalte transparente brillante. No necesitaba voltear para saber de quién era esa mano, la conocía muy bien, pero para confirmármelo aspiré brevemente su perfume, sin inflamar mi pecho para que ella no se diera cuenta. Era Mary, era ella, la de mi pintura. Me sonrió con la misma dulzura que en todas las clases y con su mano aún sobre la mía recordé otra vez el sueño y me estremecí: “Te amo, te amo”, se repetía en mi cabeza una y otra vez lo dicho por ella en mi sueño. Aluciné que ella tomaría mi mano, la llevaría a su rostro y, besándola, me diría que me amaba. Mary me miró extrañada, seguramente mi rostro denotaba mis fantasías.

-          Enséñame tu pintura –me dijo dulcemente, señalándola.

Yo la sujetaba en la mano izquierda, cubierta por papel. La voz con la que me lo pedía era dulce, pero a la vez sentí que su mirada me lo exigía. Me imaginé que de esa misma forma, entre dulce e imperativa, Eva había logrado que Adán se coma la manzana. Reponiéndome al impacto de su hermosura, logré construir la siguiente frase:

-          Sólo te la muestro, si tú me enseñas la tuya.

No tuve tiempo de ponerme nervioso luego de haber escuchado de mi propia boca estas palabras, que alguien ajeno a la conversación podría haberlas interpretado como parte de un juego sexual.

-          Ah! eso sí que no –se rió y fue a tomar entre sus dedos mi mentón, como haciéndome niño.
-          Bueno, por lo menos lo intenté –repuse tratando de bajar mi tensión.
-          Además, quiero que el primero en verla sea Juan.

Sentí una punzada fría entre el corazón y el estómago, pero aun así pude forzar una sonrisa de aprobación. “Si supieras que tú apareces en mi pintura”, me dije. Y vino a mi memoria los versos que le había escrito la noche anterior:

Si supieras que el sol es por ti,
que el mar es por ti,
que la luna después de la tarde también es por ti.

Mi sol, mi mar y mi luna, que son míos y que son Tú.

Si supieras que cuando me dices Hasta mañana,
para mí ya no vuelve a importar nada hasta tu Hola, buenos días.

Si supieras que no por nada
nos encontramos esa tarde cuando ya no había sol
y la luna aún no se atrevía a salir.

Al entrar nos fuimos a sentar juntos en las últimas filas, los dos nerviosos, los dos pendientes de nuestro turno. El rostro y las manos de ella estaban pálidos. Cuando Juan nos vio entrar, le dedicó a Mary una larga mirada, él también apreciaba su belleza.

Casi todos habían expuesto ya sus trabajos. De pronto, al haber concluido el expositor de turno, Juan vio el siguiente nombre en su lista. Yo intuí que era mi momento, él se volvió a buscarme, sabiendo dónde yo estaba pues me vio ingresar con Mary, y dijo en voz alta: “A ver, veamos lo que nos tienes preparado”.

Puedes leer el tercer capítulo aquí.

(Escrito en agosto de 2001)
Ilustración: "Mujer" de Lucía Severino.


Juano de Viaje

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