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Las Clases De Pintura (Capítulo 3)


Por: Juan Estuardo

Juan despertó acompañado esa mañana, era una mujer mayor que él. “Muy bonita, muy bonita, tiene unos cinco años más que yo”, me contaba unas semanas después, cuando vine aquí por primera vez, a su departamento. No pasó de ser un amor ocasional, unos días después pelearon y no se volvieron a ver, por lo menos hasta donde seguí esa historia no volvió a cruzar palabra con ella.

Cuando terminó de desperezarse vio el reloj, tenía el tiempo justo para llegar a la Escuela de Artes. Al levantarse se quedó al pie de la cama mirando a su recién amante. Sorprendido, distinguió un chupetón en su cuello, no recordaba haberla mordido, habían tomado tanto que ni siquiera recordaba bien el propio acto. “Por qué me siento tan complacido si no recuerdo cómo lo hicimos”, reflexionó. Ese cuello mordido le inspiraba, “Amante con cuello amoratado”, tituló a esa obra fantasiosa. En todo caso recién la pintaría en París, pues en esta ciudad nunca alcanzaba la inspiración necesaria para pintar.

Cuando regresó de Europa y le ofrecieron que dictara clases, decidió quedarse una temporada. Inconscientemente albergaba la esperanza que aquí encontraría a una mujer de la que pudiera enamorarse. “Las europeas son muy frías, son muy  bonitas, pero muy frías”, decía esto con un aire de experiencia que no le conocía, como si estuviera hablando solo (pues no me miraba), se limitó a dar una pitada más al cigarrillo que mantenía entre sus dedos.

Se cambió rápidamente, la mujer no se movía. No le gustaba la idea de dejarla sola, pues seguramente al despertar, ella se entristecería de no tenerlo a su lado. Una sensación de desconfianza cruzó por su cabeza cuando abordaba el ascensor, sus amigos le habían contado de aquellas mujeres que se dedicaban a seducir hombres, con el fin de robarles a la mañana siguiente. Una modalidad de robo que se había hecho común aquí durante sus años en Europa. “No, no, es absurdo. Si quisiera robarte se hubiera levantado antes que tú”, se dijo a sí mismo, calmándose, “Además tú te acercaste a ella, no ella a ti”.

Se sentó en su auto negro deportivo y salió velozmente del estacionamiento, “Buenos días señor Del Monte”, le saludó el guardián del edificio cuando pasó frente a la caseta de control, dentro del auto él respondió secamente levantando una mano. Unos minutos después estuvo en la Escuela, los alumnos de sus tres clases ya lo esperaban en el auditorio, fue a su casillero en la sala de profesores y sacó la corbata roja que siempre guardaba ahí, vestía siempre de manera similar: blue jeans, saco de vestir, camisa blanca y corbata roja. Esta última saltaba a la vista entre el mar de papeles del casillero, como la luz del semáforo que varias veces estuvo tentado de pasarse mientras venía. Agitado, se miró en el espejo del baño y tardó varios minutos en hacerse el nudo de la corbata. Eso le hizo recordar a su padre: “Cuántas veces te he enseñado a ponértela y hasta ahora no aprendes, ay Juan, nunca me tomas atención”, se lo había dicho mientras se arreglaba para asistir a una de sus primeras exposiciones, hacía varios años.

Caminó al Auditorio lentamente, se sintió un poco viejo, pero de inmediato  enmendó su postura: se irguió y apuró el paso. Una instantánea sacudió su memoria: la tenía sentada sobre él, frente a él, le había quitado hasta la cintura  el vestido de gasa negro y sus pechos ahora estaban desnudos, a veinte centímetros de su rostro. Ella no tenía ropa interior, ya se lo había notado mientras tomaban en el bar de la discoteca. Le sorprendió apreciar el perfecto bronceado de sus pechos, pues en esta ciudad, a diferencia de las playas europeas, no se acostumbra el topless. “Tal vez asista a un club privado”, pensó en ese momento.

Una corriente de excitación se apoderó de su cuerpo y le turbó unos segundos. Deseó impacientemente volver a estar con ella esa misma noche, o antes, quizá en la tarde al salir de la Escuela. Luego celebró sus pecados con una sonrisa, mientras observaba a sus alumnos a través de la ventana de la puerta, que daba ingreso al auditorio. Tenía cinco minutos de retraso de la hora pactada. Al abrir la puerta todas las miradas se volvieron hacia él, sintió el miedo escénico de siempre, pero también como siempre éste se fue en contados segundos. “Lo más probable es que ninguno de éstos alcance mi nivel artístico”, pensó soberbio. Se paró frente a todos y saludó. Su mano derecha, ésa que había pintado tantos cuadros maravillosos, fue a ajustar su corbata, como si no se la hubiera arreglado ya lo suficiente.

Pudo percibir los rostros ávidos, los ojos nerviosos y pendientes de sus alumnos. Trató de contradecir a su interior soberbio, alentando ahora a sus discípulos: “Conozco de sus virtudes, me han demostrado que son brillantes a lo largo del curso, hoy tienen sólo que presentarme el resultado de su aprendizaje”.

Durante la presentación de los trabajos, Juan estuvo nervioso. Sentado en primera fila, no lograba concentrarse en las exposiciones, sentía como si faltara algo o alguien, fue entonces cuando volteó hacia la puerta y a través de la ventana pudo ver a “ese chico”, a mí, conversando con la “hermosa chica”. Cuando ellos entraron (cuando nosotros entramos), Juan le dedicó una larga mirada a Mary Castelldefels, realmente apreciaba su belleza.

Entonces decidió llamar al siguiente en su lista que era yo.

(Escrito en septiembre de 2001)
Foto: Tomada por el autor de este blog en Huanchaco (Perú).


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