Haz que tu enfermedad sea una pista de despegue

A veces uno se pregunta qué camino debe tomar.
(Foto 
y texto por el autor de este blog)

Por: ©Juan Estuardo

A veces el inicio de un cambio se da cuando tocamos fondo, sea por una enfermedad, una decepción, una pérdida, a veces simplemente por hacernos conscientes de que nos hemos abandonado a nosotros mismos. En mi caso el punto de inflexión fue una hernia de columna en un disco cervical, que me mantuvo varios meses en cama, con todo lo que eso implica en el ánimo de una persona. Esta vez fue mi cuerpo el que simplemente no pudo más y me gritó: ¡Detente, es momento de cambiar!

Sin embargo, mi cuerpo sólo fue el medio que mi espíritu utilizó para reclamarme, para que al fin lo escuchara y así poder saltarse, como quien aprieta un botón de emergencia, a las excusas y postergaciones con las que mi mente siempre se opuso a cambiar. Muy a menudo he percibido que el dolor es la herramienta última que el espíritu utiliza para que cambiemos. Por eso, a pesar de todo, agradezco el dolor.

Mi enfermedad implicaba no poder salir de casa, no poder trabajar con normalidad, sentirme inútil en cama, depender de la ayuda de mi familia para hacer cosas sencillas que estás acostumbrado a hacer tú mismo. Implicaba estar con un collarín de plástico, ahogado por el calor, prácticamente inmovilizado y con la espalda pegada a la cama las 24 horas del día, mirando el techo sin poder ver televisión o leer un libro, ver el cielo por la ventana y sentirme triste de no poder hacer lo que igual no hacía cuando estaba sano.

Yo, gracias a Dios, le di de inmediato un significado positivo a todo esto, un “para qué”. Creí realmente que si estaba ahí echado era por algo importante y que debía cambiar muchas cosas en mi vida. Obviamente no fue fácil pensar de esa forma todo el tiempo, mi mente se debatía también entre la duda, el miedo y la desesperanza. Me ayudó el hecho de que siempre me he sentido conectado con mi cuerpo, cuando él me ha dicho algo a través de un dolor o de una molestia, sabía que algo andaba mal en mi interior, aunque la mayor parte de las veces yo no le haya querido hacer caso.

Dos meses antes de caer en cama ya me habían detectado un desprendimiento de retina en el ojo izquierdo. Los días que pasaron entre realizarme el examen y que el oftalmólogo me diera su diagnóstico, fueron duros. Llegué a escribir: “Tengo miedo de perder mi mirada izquierda, mi corazón izquierdo…”. Pero finalmente el oftalmólogo me dijo que no era necesaria una intervención quirúrgica, sino que me recetó tomar una terapia psicológica que me ayudara a controlar mi estrés. Él había comprobado a lo largo de los años que muchos de sus pacientes se recuperaban de la misma patología, cuando comenzaban a ver la vida diferente y sobre todo a disfrutarla.

En la primera semana del año 2015 empecé la terapia recetada por el oftalmólogo, me había demorado más de un mes en iniciarla y, en paralelo, los dolores en cuello, brazos y espalda, que ya sentía mucho tiempo, iban en aumento. La conclusión más importante, tras las primeras dos sesiones de psicoterapia, fue que tenía que tomar las riendas de mi vida. Lo asumí como un compromiso ineludible, aunque no entendía bien lo que significaba “tomar las riendas de mi vida”. ¿Es que acaso ya no me hacía cargo de ella?

Unos días después, el médico de mi familia confirmó que todos los dolores que venía soportando eran producto de una nueva hernia de disco cervical, que ya la había padecido en el año 2008, pero esta vez en otro disco y más severa. Comencé así mi proceso de recuperación, en cama, con todas las complicaciones que ya expliqué, esto sumado al dolor físico, al calor intenso del verano y a la comprensible incomodidad.

Desde antes que me diagnosticaran el desprendimiento de retina, yo sabía que todo esto había sido mi responsabilidad y me culpaba. Con el correr de los meses me di cuenta que culparme tampoco era saludable, pero ahora pienso que ese “látigo” fue importante para asumirme de una vez por todas como el protagonista de mi vida.

En este post no daré los detalles de todo el proceso, no alcanza el tiempo ni el espacio (bueno, el espacio sí, pero no hay que abusar). El camino ha sido largo y complejo pero aun así muy satisfactorio. Sólo puedo adelantar que estoy empezando a disfrutar de una vida feliz y que me siento conectado y en paz conmigo. Daré algunas recomendaciones que me sirvieron para comenzar un verdadero cambio. Sea cual sea tu caso, debes dar el primer paso, muchas veces esas primeras medidas te las dicta el corazón más que un libro o un especialista. Las mías fueron las siguientes:


1) Dejar de decir malas palabras. Cuando decimos malas palabras o maldecimos, en primer lugar nos las decimos a nosotros mismos, somos los primeros que escuchamos lo que decimos, disponemos el cuerpo de una forma negativa y nos provocamos contracturas aunque no nos demos cuenta. Somos el blanco de nuestras palabras negativas antes que cualquier otra persona y se ven afectadas nuestras emociones. A veces maldecimos a gente que ni siquiera nos escucha, o a situaciones, o a cosas inanimadas, a veces lo hacemos mentalmente y sólo escuchamos esas palabras nosotros mismos. Lo único que logra todo esto es envenenarnos.


2) Dejar de hablar mal de los demás. Esto no solamente le hace daño a los demás sino también te hace daño a ti, porque estás insultando el mundo que te rodea, lo determinas y lo limitas. No vale de nada hablar mal de los demás, ni siquiera cuando te acompaña la razón. Los demás no van a cambiar por lo que tú dices, menos aún si estás hablando mal de gente que no conoces en la realidad como de personajes de la televisión, periodistas o políticos. Si se trata de personas que están en tu entorno, incluso tal vez hasta se queden estancadas por lo que tú dices. Y cuando digo “hablar”, también me refiero a “pensar”, esto tiene las mismas consecuencias que el punto anterior y además te distancia de la gente.


3) No alimentar la imaginación con escenas de muerte. Es algo más común de lo que yo pensaba, la gente divaga en historias sobre cómo encuentra la muerte y escribe mentalmente un guión de película que muchas veces termina en un velorio, con su familia y amigos lamentando su muerte. Es un juego que la mente usa para “vengarse” de las personas por las que uno no se siente apreciado y así encontramos un alivio temporal. Es lo que yo llamo recargarse con gasolina pobre. Yo tenía siempre esas escenas en mi mente pero, determinado a cambiar y estando en cama, me pregunté: ¿Realmente quieres morir? La respuesta fue no. Entonces comencé a cancelar esas escenas cada vez que venían a mi mente.


Estos fueron los 3 primeros pasos que di para empezar el cambio.


Estas tres primeras medidas de emergencia yo las agrupo en la dinámica del PERDÓN. Perdonarme a mí y perdonar a los demás. El Perdón es un camino en espiral cuyo objetivo es que te encuentres a ti mismo libre de ataduras. Mientras subes por esa escalera muchas veces vuelves a tener el mismo ángulo doloroso del pasado y ahí es donde debes perdonar otra vez. Perdonar lo que te hiciste, lo que te hicieron y lo que crees que te hicieron. Amistarte contigo y darte el valor que necesitas como el protagonista del cambio que pretendes. Soltar las cargas inútiles y dejar de ser víctimas.

El comprometerme con estas medidas me posibilitó quitarme grandes pesos que arrastraba (y lo sigo haciendo). No fue todo, claro, sólo fue el inicio del camino. Pero trabajar en eso me hizo experimentar las primeras sensaciones de alivio en los planos espiritual, mental y físico, cada vez que tenía un momento de paz no sentía dolor.

Mi consejo es priorizar aquellos hábitos que a ti te hacen bien, cada quien tiene su historia y sabe por dónde debe comenzar, cada quien sabe cuáles son esas primeras cargas que debe soltar o al menos empezar a soltar. Los malos hábitos que se han instalado en nuestra forma de vivir han causado heridas profundas que es momento de empezar a sanar. Yo no sé lo que tú estés pasando pero tú sí lo sabes y conoces bien tus puntos débiles, el peso muerto que llevas a cuestas y que ya nadie te obliga a seguir llevando.

Durante mi recuperación comencé a darle a mi mente y a mi cuerpo lo mejor, comencé a comer sano, a respirar conscientemente, a escuchar buenos programas de radio, a tener buenas conversaciones con mi familia, a escribir poesía en mi celular, a darle rienda suelta a mis sueños, a decirme las cosas que sentía. No siempre fue fácil, es más, hasta tal vez fueron más los momentos malos que los buenos. Me caí muchas veces (no de la cama) y me volví a levantar. Cuando comencé a hacer todo eso fui encontrando respuestas en mi interior sobre qué camino debía tomar y a tener muchos episodios de paz.

Con el correr de los meses entendí que efectivamente me había abandonado a mí mismo y que había dejado a otros la responsabilidad de tomar las decisiones que me correspondían a mí.

Tengo que decir que interpretar positivamente esta experiencia fue posible gracias a mi familia, a mi psicóloga y a los muchos libros y textos que leí en los meses siguientes, pero sobre todo fue gracias a mi determinación. Durante los primeros días en cama miré al techo y me dije “voy a tomar las riendas de mi vida”, y lo fijé como un objetivo, sin saber el cómo ni tener un plan preciso. Esa determinación comenzó a traer respuestas y directivas, me hizo entrar en la fase que en Psicología se llama Afrontamiento. Comprobé que hay un mundo de posibilidades infinitas y comencé a ser consciente que el cerebro es un verdadero universo que contiene respuestas a todas las preguntas y soluciones a todos los problemas.

El camino es largo, es cierto, lleno de obstáculos, de esfuerzo y de compromisos aún mayores conforme avanzamos. Pero es un camino satisfactorio hacia la libertad, hacia el reconocimiento y control de las emociones. Ahora siento que estoy al mando de mi vehículo llamado Mente, que estoy conectado y soy consciente de lo que quiero para mi vida sin importar que aún esté lejos de lograrlo.

Ahora pienso que hay que ser feliz para pretender alcanzar tus sueños; no alcanzar tus sueños para ser feliz.

El aceptar ante el espejo tus propios sueños es una de las cosas más saludables que existe. Aunque ese objetivo todavía esté muy lejos, es liberador para el alma decirse a sí mismo “Sí, yo quiero lograr ____________ (llena este espacio con lo que tú quieras ser/lograr)”. Mentirte a ti mismo o ponerte excusas del tipo “ya pasó mi momento” es pisotear tu propia alma. Negarse el sueño anhelado es como apretarse el corazón con fuerza y no dejar que lata libremente. Lo que digo es poético, sí, puede ser, pero también es cierto.

Todo esto y otras cosas más que fui descubriendo a lo largo del 2015, un año al que le agradezco tanto, serán temática de nuevos post. Ahondaré en algunos hábitos que puedes integrar a tu vida para mejorar, sanar y en resumidas cuentas: Ser feliz.

¿Cuáles serían las primeras medidas que tú tomarías? O en todo caso, si ya estás encaminado, ¿cuáles fueron las primeras medidas que tomaste?

PD: Este post fue en gran parte motivado por mi primera charla sobre Liderazgo Emocional que daré el jueves 21 de enero de 2016. Será una hermosa experiencia para poder compartir lo aprendido y lo vivido. 


No te preguntes tanto qué camino tomar, da el primer paso, sino será muy tarde.
(Foto y texto por el autor de este blog)
Couching, Inteligencia emocional, Mindmaps, Salud, Vida, Poesía, Liderazgo, Sueños, PNL

Juano de Viaje

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