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Hasta aquí se escuchan las risas | Relato



Por: Juan Estuardo

Hasta aquí se escuchan las risas del otro parque, donde hay tres o cuatro amigos que toman unas cervezas, no hay bancas dónde sentarse, pero han improvisado un lugar en una de sus esquinas, casi contra la pared de un edificio donde no hay muchos vecinos y así no hay quien se queje de las risotadas, por ahí una señora que tiene confianza con uno de ellos porque es amiga de la mamá, ha salido a reclamarle desde su ventana, pero nada que pueda catalogarse como un altercado, los muchachos han entendido y han bajado el volumen de su conversación, el tono había subido porque hablaban de cosas del nuevo gobierno y siendo ellos estudiantes de Ciencias Políticas se entiende su apasionamiento, yo también lo entiendo, en otros tiempos no sólo ese tema sino cualquier otro me hubiera encendido, pero ahora son años más tranquilos para mí, y en este parque en el que estoy ya nada me saca de mis casillas, camino de un lado para otro esperándola, no tengo mucha fe de que llegue pero otra parte me dice que llegará, podría parecer que está demorada pero no es así, yo he llegado antes, los muchachos siguen hablando, ahora en voz más baja, la verdad no sé por qué los sigo escuchando pues cerca no están, uno de ellos se ha recostado en el tronco de un árbol, el más viejo que hay en ese parque, el chico no lo sabe porque recién vive hace poco tiempo por aquí, yo sí lo sé pues lo vi crecer, he visto todas las veces que floreció y todas las veces que deshojó, ahora mismo está deshojando y el muchacho tiene unas pequeñas hojitas enredadas en el pelo, recién se dará cuenta cuando llegue a su casa, su madre se moverá en su cama, señal inequívoca de que lo ha sentido entrar, ahora podrá pasar a una fase profunda de sueño sin mayor preocupación, ahora yo no sé si estoy aquí o estoy allá, ella todavía no ha llegado pero ya escucho sus pasos a un par de cuadras, pasa por una bodega que está cerrada pero ya se puede oler el aroma de los primeros compases del pan a esta hora de la madrugada, ella se sorprende y se provoca pero entiende que estas no son horas para eso, yo sigo esperándola, un poco desesperado aunque aún no es la hora, debería estar tranquilo porque ya está cerca, pero se supone que yo no sé que ya olió el pan, que acaba de pisar unas hojas secas en el camino, que se acomodó el cabello a su lado preferido, que pensó en mí desesperadamente y apretó el paso, que la acabo de ver doblar la esquina y que sé que es ella a pesar que la luz del poste no le da de lleno y por lo tanto aún es una silueta, a mí ella tampoco me ve del todo porque un árbol hace sombra sobre mí y no deja que la luz del poste me ilumine entero, todavía soy una silueta y sin embargo ella sabe que soy yo, yo sé que es mi hijo el que acaba de entrar y que ella se ha dado vuelta en la cama porque lo escuchó entrar y ahora sí dormirá profundamente igual que yo, ahora sé que a pesar del tiempo que no la veía está igual que antes cuando se fue de viaje, ahora la veo a pocos metros iluminada del todo y ya no necesito imaginar más, la veo iluminada del todo y aún más por mis ojos, nadie sabe, ni nosotros mismos, que ese día se gestará un hijo, de una vez por todas, por lo que no hicimos antes, ambos sabemos que ya podremos dormir tranquilos porque él entró a casa con solamente un vaso de cerveza encima.

Lima, 8 de enero de 2017

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Poema a Huacachina

Por: Juan Estuardo

Desierto,
la mente en blanco.
Pero a veces viene una idea
y cruza las dunas como un rider.
Y es un alboroto
la conciencia si los tubulares
muestran su poder.
Más tarde un breve silencio,
los boogies descansan.
En inglés "Sunset":
una llama de esperanza para la noche sola.
En castellano "Crepúsculo":
toda una vida en muy pocos minutos.
Y luego las ideas regresan
a toda velocidad a su punto de partida,
a algún hostel olvidado de la Huacachina
donde comenzó todo.
Y es la noche.
Y es el silencio.
Es la nada otra vez en el desierto.

(Domingo 3/Agosto/2014, tomando un café en El Quinde de Ica)
Foto: Tomada por el autor de este blog en Huacachina (Ica, Perú)

Haz que tu enfermedad sea una pista de despegue

Por: ©Juan Estuardo

A veces el inicio de un cambio se da cuando tocamos fondo, sea por una enfermedad, una decepción, una pérdida, a veces simplemente por hacernos conscientes de que nos hemos abandonado a nosotros mismos. En mi caso el punto de inflexión fue una hernia de columna en un disco cervical, que me mantuvo varios meses en cama, con todo lo que eso implica en el ánimo de una persona. Esta vez fue mi cuerpo el que simplemente no pudo más y me gritó: ¡Detente, es momento de cambiar!
Sin embargo, mi cuerpo sólo fue el medio que mi espíritu utilizó para reclamarme, para que al fin lo escuchara y así poder saltarse, como quien aprieta un botón de emergencia, a las excusas y postergaciones con las que mi mente siempre se opuso a cambiar. Muy a menudo he percibido que el dolor es la herramienta última que el espíritu utiliza para que cambiemos. Por eso, a pesar de todo, agradezco el dolor.
Mi enfermedad implicaba no poder salir de casa, no poder trabajar con normalidad, sentirme in…

Cuando Llueve Me Acuerdo De Ti

Cuando el agua de la lluvia
desborda una vereda, me acuerdo de ti.

Y cuando ella cae diagonal,
como rayo de luz a una ventana.

Y si ella resbala por un tejado
y gota a gota cae sobre una misma hoja.

Me acuerdo de ti,
cuando tamborilea, lea,
sobre un cilindro de metal.

Y cuando un niño chapotea
en un charco que quedó tras escampar.

Y no porque lo vivimos,
sino porque terminamos antes que inicie la lluvia.

Yo me acuerdo de ti,
cuando la lluvia cae fina y persistente
sobre un lago llenándolo de ondas.

Como picotazos invisibles de pájaros alegres.

Y ahora estoy protegido por un techo volado,
bajo el cual estoy sentado viendo la lluvia caer.

Y yo me acuerdo de ti,
ese último día de otoño antes que llueva,
mirándome.

Por: Juan Estuardo
(Cuaderno Minerva No. 3, 27/May/2014)
Foto: Sonia Madrigal
Poesía