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Pateo una pelota | Relato

Calles en el Barrio de San Blas

Por: Juan Estuardo

Pateo una pelota pequeña para devolverla a unos niños a quienes se les acaba de escapar del área donde juegan, el cielo está maravilloso, es lo que tenemos en común todos los habitantes de esta ciudad, el cielo, sí, yo también soy local aunque esté unos pocos días aquí, luego de patear la pelota ésta ha rebotado contra un muro de piedra que contiene una gran fuente, son piedras perfectas, grandes, de las que se puede apreciar en todos lados en las calles de este barrio, ha rebotado ahí porque no le di la correcta dirección al patearla, tal vez sea porque estoy con zapatos de trekking, o al menos esa sería una buena disculpa si alguien viniera a reclamarme de por qué la devolví tan mal, tengo que reconocer que me da algo de vergüenza, o más bien mucha, cuando no pateo bien una pelota de fútbol, por más que hace años que no lo practique, y es que uno quiere quedar bien con los niños que lo ven, con las chicas que pasan, con todo el mundo, han caído en este momento unas minúsculas gotas de agua sobre el dorso de mi mano izquierda, de inmediato analizo su textura y su humedad, y cambio la vergüenza de haber pateado mal la pelota por la preocupación de que esté por iniciarse una lluvia, de esas que en esta hermosa ciudad inician de un momento a otro, pero me alivio de inmediato cuando me doy cuenta de que las gotas provienen de la caída de agua majestuosa, que le da una presencia única a esta plazoleta de San Blas, la caída de agua está a regular distancia de mí, pero claro, como el rebote del agua es grande entonces también es lo suficientemente fuerte como para alcanzarme con la intensidad de esas minúsculas gotas, los niños han corrido hacia donde rebotó la pelota debido a mi imprecisión, me da ganas de pedirles disculpas pero creo que no es necesario, ya están jugando felices otra vez, ahora tengo que subir varios escalones de una de las escaleras que flanquean a la caída de agua, tengo la idea de que las piernas se me van a agarrotar debido a la exigencia en la Montaña de los Siete Colores el día de ayer, no me había dado cuenta de que ahí tengo otra excusa para mi mala ejecución con el balón, bueno, ya basta, nadie ya se acuerda de eso, sólo tú, ya es hora de que dejes el tema, la gente tiene mejores cosas que hacer, los niños también, de pronto ya estoy arriba, subí los escalones sin ser consciente y no se me agarrotaron las piernas, ahora veo un lindo cartel donde está el menú del día escrito con tizas de colores, siempre me quedo viendo esos carteles, pero yo vengo al local que está al costado, que lamentablemente ahora está cerrado, hace unos días lo vi y me dije, tengo que volver aquí para escribir, cualquier cosa pero escribir, qué extraño, es un día donde nada está cerrado, es más, creo que aquí ningún local cierra nunca, al mismo tiempo me doy cuenta de que he olvidado la libreta donde iba a escribir, hay otros locales pero a mí me gusta éste, así que comienzo mi retorno, pienso que podría ir a escribir a la Plaza de Armas donde también hay un bonito café, ahí puedo ir a escribir a estas horas, el hotel donde me estoy quedando está de camino y podría recoger mi libreta olvidada, entonces bajo las escaleras, no creo que se me agarroten las piernas bajando, aunque nunca se sabe, bajo bien, no me dolió nada, a los niños se les vuelve a escapar la pelota y ésta viene hacia mí de nuevo pero ahora con más fuerza, sin embargo me coge mejor preparado, la devuelvo con precisión y con la pierna izquierda que es la que menos domino, me siento feliz, reivindicado, nadie aplaude pero lo que siento es lo que vale, volteo mi mirada a la izquierda y me doy cuenta de que el lindo lugar al que me dirigía, no estaba arriba sino aquí, justo en el lugar frente al cual devolví la pelota, la primera vez mal, esta vez bien, entonces ingreso y me siento a una mesa, desde aquí puedo ver cómo juegan los niños, en todo el tiempo que me quedo disfrutando de este local no se les vuelve a escapar la pelota.

Cusco, 23 de enero de 2017
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Poema a Huacachina

Por: Juan Estuardo

Desierto,
la mente en blanco.
Pero a veces viene una idea
y cruza las dunas como un rider.
Y es un alboroto
la conciencia si los tubulares
muestran su poder.
Más tarde un breve silencio,
los boogies descansan.
En inglés "Sunset":
una llama de esperanza para la noche sola.
En castellano "Crepúsculo":
toda una vida en muy pocos minutos.
Y luego las ideas regresan
a toda velocidad a su punto de partida,
a algún hostel olvidado de la Huacachina
donde comenzó todo.
Y es la noche.
Y es el silencio.
Es la nada otra vez en el desierto.

(Domingo 3/Agosto/2014, tomando un café en El Quinde de Ica)
Foto: Tomada por el autor de este blog en Huacachina (Ica, Perú)

Haz que tu enfermedad sea una pista de despegue

Por: ©Juan Estuardo

A veces el inicio de un cambio se da cuando tocamos fondo, sea por una enfermedad, una decepción, una pérdida, a veces simplemente por hacernos conscientes de que nos hemos abandonado a nosotros mismos. En mi caso el punto de inflexión fue una hernia de columna en un disco cervical, que me mantuvo varios meses en cama, con todo lo que eso implica en el ánimo de una persona. Esta vez fue mi cuerpo el que simplemente no pudo más y me gritó: ¡Detente, es momento de cambiar!
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Cuando Llueve Me Acuerdo De Ti

Cuando el agua de la lluvia
desborda una vereda, me acuerdo de ti.

Y cuando ella cae diagonal,
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y gota a gota cae sobre una misma hoja.

Me acuerdo de ti,
cuando tamborilea, lea,
sobre un cilindro de metal.

Y cuando un niño chapotea
en un charco que quedó tras escampar.

Y no porque lo vivimos,
sino porque terminamos antes que inicie la lluvia.

Yo me acuerdo de ti,
cuando la lluvia cae fina y persistente
sobre un lago llenándolo de ondas.

Como picotazos invisibles de pájaros alegres.

Y ahora estoy protegido por un techo volado,
bajo el cual estoy sentado viendo la lluvia caer.

Y yo me acuerdo de ti,
ese último día de otoño antes que llueva,
mirándome.

Por: Juan Estuardo
(Cuaderno Minerva No. 3, 27/May/2014)
Foto: Sonia Madrigal
Poesía