jueves, 22 de junio de 2017

Un árbol viejo | Relato

Foto por: Mariela Martínez


He visto un árbol viejo cuyo tronco seco me imagino pronto como leña, o cortado en trozos de menos de un metro que servirán de asientos, yo no quisiera que muera pero es inevitable su destino, como el nuestro, pero yo no serviré ni como leña ni como asiento, tal vez mis ideas y lo que escribo aquí llegue alguna vez a ser combustible para el alma de otros, tal vez en la casa que construya se puedan sentar algunos a pensar, tal vez, tal vez no. Mi mirada se ha ido luego a sus raíces, me imagino que se aferra a algo, a la vida, a la esperanza de que esto cambie, de que no haya que luchar más para sobrevivir sino que alguna vez podamos vivir solamente para pelear por nuestros sueños. Habrá tenido sueños este árbol, me pregunto, habrá soñado con llegar más alto de lo que llegó, se habrá decepcionado de la vida alguna vez, se habrá dejado algo en el tintero de lo cual se arrepienta, no lo sabremos. Y si la mayor parte de nuestra comunicación es no verbal, por qué entonces no puedo hablarle ni él me puede hablar, por qué nos tenemos que limitar a saber si es feliz o no, solamente a través de observar el color de sus hojas o de su frondosidad. Que lleguen pájaros a posarse sobre él nos dice algo acaso, o que sus ramas llenas de hojas se mezan al ritmo del viento, o que los niños jueguen a su alrededor, son señales acaso de que él la pasa bien. Bueno, no quiero ser negativo, me sentaré en esta banca que está aquí (que está hecha de madera de otro árbol) a pensar, a intentar decirle algo o preguntarle aunque no encuentre respuesta. Los niños corren, los pájaros vuelan, los gritos de unos y los cantos de otros, la garúa fina que cae o empieza a caer, las palabras que trae el viento algunas veces como pequeños silbidos. Empiezo a sentir que el árbol dice cosas en el rechine de sus ramas, en ese batir acelerado de unas hojas contra otras cada vez que viene en tromba un párrafo de viento. Batir de hojas que se cuentan por miles, yo tomo un gran bocado de aire cada vez que el viento me lo recuerda, una pequeña pelota llega a mis pies y yo me apuro a regresarla, los heladeros venden helados y las mamás se acercan a comprarles, el árbol dice algo, yo no lo alcanzo a escuchar, le ha dado un codazo a un poste de luz que acaba de encender pues va a caer la tarde, le dice que se haga más para allá, que siempre es lo mismo, de castigo está tapando con sus manos su luz para que no ilumine bien, le duele el pie izquierdo que agrieta una vereda, sonríe también porque se ha dado cuenta de que se ha puesto de mal humor y no hay razón para eso, se calla, suspira, se da cuenta también de que el sol se va a ir por el día de hoy y hay que aprovecharlo, incluso en un futuro no muy lejano el sol le abandonará del todo, se siente achacoso y es consciente de que tenía mejor ánimo para los niños en el pasado, es un árbol, es un árbol. Yo comienzo a entender.


Lima, 19 de junio de 2017
(Basado en un verso escrito la noche anterior en la libreta Starbuck 4)



Libreta Starbucks 4

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